Oficios que "salvan" la vida


En la calle, en el colectivo o en encuentros informales con amigos y compañeros de trabajo, escucho de manera insistente un reclamo que tenía asociado con los clichés sobre las funciones de la escuela secundaria. Ya en el pasado se repetía que la solución a la crisis, propuesta por las personas que tienen voto, buenas intenciones y poca voz pública, era promover la enseñanza de oficios. En esas conversaciones casuales, derivadas casi siempre de un "Qué mal está todo", cuando nos ponemos a imaginar salidas posibles para los problemas del país (que por desgracia no son pocos), proyectamos la imagen de una época en que la enseñanza y el aprendizaje de oficios permitían encontrar salida a crisis sociales, laborales y familiares. Pero no recuerdo haber aprendido a construir una silla en la escuela ni a cambiar el cuerito de la canilla del lavadero que (la recuerdo bien) estaba del otro lado de la pared del cuarto donde dormía. Mucho menos a reparar un desperfecto eléctrico.

Las anécdotas sobre un dorado pasado escolar suelen actuar como parábolas. Son edificantes pero en la práctica sirven de poco. "Antes había más personas que sabían hacer bien los trabajos de electricidad o de plomería en una casa", se quejan amigos a los que la reparación de la estufa de gas les dura apenas dos días. En las escuelas, según ellos, se debería abandonar el "piripipí" (con eso se refieren a una nube de conocimientos, bastante difusa para los que dejamos la escuela hace años) y dedicarse a enseñar oficios a los adolescentes. Suele quedar implícito que los destinatarios de esos valiosos saberes no son los hijos de las familias acomodadas. Es incuestionable que para ellos está antes aprender idiomas, entrenar en equipos de rugby o de hockey y descifrar el arte de las relaciones públicas.

Desde 2010 en la Universidad Nacional de La Plata funciona un programa destinado a jóvenes de 18 a 25 años, que ofrece cursos para convertirse en auxiliar de gasista o de plomería, electricista, herrador de caballos, peluquero o mecánico. La universidad, con mucha preponderancia en la región, detectó esa necesidad por parte de la población y de las empresas e instrumentó los talleres. Los cursos se dan en clubes de barrio y en aulas de la UNLP. "Muchas personas quedaron afuera de la educación formal -dice Sergio Serrichio, diseñador industrial a cargo de la Escuela Universitaria de Oficios-. Por cuestiones económicas, sociales o familiares, no pudo cursar la escuela secundaria y, a causa de que sus padres tampoco habían podido acceder a trabajos formales, no conocieron formas de trabajar y de conseguir trabajo." El programa cuenta con un acompañamiento institucional por parte de trabajadores sociales, antropólogos y sociólogos. La buena noticia sobre la buena noticia es que, desde septiembre de 2016, se formó una Red Nacional de Universidades de Gestión Pública Formadoras en Oficios, de la que participan doce casas de estudio.